Hola linduras (masculinas y femeninas), ¿cómo han estado?
Les pido mil disculpas por la desaparición, no he podido colgar el post de costumbre y eso me tiene en verdad apenada. He estado super super ocupada haciendo un montón de cosas y pues me fue imposible darme un tiempo (ni siquiera uno chiquito).
Pensando en las fiestas patrias peruanas (28 y 29 de julio, dos días por el precio de uno), preparaba un post de música criolla peruana, pero vieron que en el camino, buscando una y otra cosa, una encuentra muchas cosas nuevas y después más y más; al final cuando me di cuenta la idea origial ya se me había desdibujado completamente, convirtiéndose en un nuevo post, mejor y más logrado (creo yo): una lista de canciones en español, con el toquecito eroticón que nos gusta. Espero lo disfruten.
PRIMERO: dos canciones peruanas, así como los días de celebración de fiestas patrias. La poderosa voz de Eva Ayllón en un tema clásico de criollismo peruano, y un cover del tema "Regresa" por el grupo Madre Matilda (interpretación de Pierina Less).
Eva Ayllon - Que somos amantes
Madre Matilda - Regresa
SEGUNDO: del México lindo, la Ale, que cancioncita la que se mandó esta vez; y Ely Guerra, a quien fue un placer descubrir (bébanse entero su CD Sweet and sour)
Ven - Alejandra Guzman
Ely Guerra - Quiéreme mucho
TERCERO: El oscarmente censurado Jorgito Drexler nos regala una canción bellísima (la encontré como banda sonora de un video bien calientote de Mel Lisboa y acompañante bien simpaticón también, que no me animé a colgar para no subir al nivel XX), y para los gustosos de la salsa, una canción que me encantó por su título.
Jorge Drexler - Fusión
Lalo Rodriguez - Ven, devórame otra vez
Se aceptan tooodas las sugerencias de más canciones, deseo hacer en el futuro un post con un resumen cancioncil latinoamericano gracias a las colaboraciones de todos.
Esta semana procuraré trabajar para darles nuevamente un postcito literario que disfrutar. Un besote inmenso.
I.
jueves, agosto 6
miércoles, julio 22
Época de sequía
miércoles, julio 22
Deja de agitar su mano entre sus piernas y la acaricia. La húmedad que baña su vulva y la cama, sus ojos apretados, sus gemidos que mueren, todo tiene su olor. Y mientras ella intenta escapar de su estado alucinado, roza con su pene su vulva indefensa y abierta. Una caricia de un instante antes de tomar sus caderas e introducirse en ella de un golpe, de arrancarle un grito ahogado y estremecer el cuerpo cálido y vital de esa mujer, que se estira hacia atrás, abriéndose aún más, dispuesta a morir de nuevo.
Termino la frase y releo. No siento nada, no me provoca nada, es basura. Presiono una tecla y la pantalla está nuevamente en blanco. Mi cuerpo está aún más tenso, me duele el cuello y la espalda; reviso ideas que no me gustan, harta de recordar cuando podía desmembrar un instante en mil chispazos que luego convertía en historias. Deja de agitar su mano entre sus piernas. Mierda, es mierda. Cierro los ojos y recuerdo cómo nacieron las primeras historias. Me despertaba sudada y excitada de encontrar imágenes aún en mis sueños, figuras y formas que escribía hasta vaciar mi cabeza y por fin poder dormir. Al día siguiente un nuevo juego: Acaricia entre sus piernas la húmedad de su vulva. Sus ojos apretados, sus gemidos que mueren. No.Acaricia sus piernas, su vulva, aprieta sus gemidos, su olor. No. De entre sus piernas aprieta su vulva, la exprime, sus ojos se aprietan y ella gime. No, no, ¡NO!. Parezco yo misma el mal amante de quien tanto me burlaba, un burdo pedazo de carne incapaz de transmitir el fuego que no tiene, pero que en mi caso perdí. ¿Dónde se fue la intensidad que antes surgía con un chasquido? Su vulva indefensa y abierta. El viento, la gente, los autos, todos los sonidos familiares me recuerdan que el tiempo sigue corriendo. Desde hace semanas mis ojos tropiezan con la misma plaga de letras anémicas que terminan desapareciendo en una pantalla de permanente y brillante blanco. Su vulva indefensa y abierta. Salí a la ciudad, recorrí sus calles, busqué distracciones, sonrisas y conversas que se acompañaban con tragos que mostraban el camino. Su habitación, la mía, la de un hotel. Mordía, gritaba y gemía sin poder llegar a ese estado que extrañaba, y que sin embargo podía ayudarlos a alcanzar. Abracé a cada uno y soporté su aliento, hasta que se iban y me dejaban convivir conmigo misma, con mi vulva adolorida y mi cabeza y mano vacías. Sus ojos apretados, sus gemidos que mueren... su estado alucinado.
Me quedo junto a la ventana, atenta a la gente: caminan, hablan, ríen yendo de un lado a otro. Imagino cada parte de mí recorriendo un camino similar, dispersándose riendo, mientras ese algo yo desaparece como una ciudad vieja que abandonada pierde sus recuerdos. No siento, no huelo, no gusto, ni camino... floto con miles de imágenes borrosas que no desaparecen, un humo difuso de colores opacos que guardan la forma de mis brazos, de mis ojos, de mi pecho, de mi sexo. El cuerpo cálido y vital de esa mujer. Escribir cada historia me transformaba en protagonista y personajes, cada uno era un pedazo mío que vibraba y se agitaba hasta llegar al punto final, y en ese momento toda yo lanzaba un suspiro, aliviada.
Hoy no es distinto a los últimos días, cierro la ventana y me aprieto contra el sofá para no sentir frío. Todas las luces prendidas y el silencio vuelven más amplio el departamento. Fijo la mirada para distraerme, poco a poco pierdo toda noción, quedándome lentamente dormida. Despierto sobre un colchón de hojas húmedas, cubierta por árboles que cubren el cielo oscuro. Apenas puedo ver. Contengo la respiración para escuchar mejor y en medio de todo el silencio siento a alguien ahí, en medio del bosque, esperándome. Intento abrazarme y me doy cuenta que estoy desnuda, mi cabello ha crecido y me cubre las rodillas. Un silbido explota agudo a mi espalda y se aproxima. No tengo nada con qué defenderme, corro. Salto en la selva y atravieso maleza y ramas, hundo mis pies en el fango, las ramas me cortan, pero no me detengo. El zumbido se acerca, más y más próximo a cada segundo. Me baña una escarcha de sudor frío y la maleza me estorba. Árboles y más árboles, y no puedo distinguir nada, ni un pedazo de cielo por algún lado. Hace frío. Mis piernas están por explotar y mi pecho apenas contiene a mi corazón, que late asustado. El vibrar del horrible ruido toca ya mi espalda. En un parpadeo los árboles se vuelven de un mortecino rojo opaco, inmensos, eternos, invencibles. Pierdo mis fuerzas y caigo; y eso se abalanza sobre mí. Me arranca la piel, me destroza. Lucho contra el fango y ese agudo sonido que me hiere; y cuando consigo voltear, ahí está ella, informe y parecida a mí, un alarido que me arranca músculos y cabello sin producirme más dolor que el de su risa macabra y aguda. Mi cuerpo desaparece frente a mí, la sangre me riega toda y abro la boca pero no produzco ruido. Entonces grito, lo hago con mi cuerpo, lo que queda de mí, respondo a su violencia con mis uñas y dientes, que se clavan en ella, ese alarido que ahora aúlla de dolor.
Despierto. El departamento sigue iluminado y en silencio, nada ha cambiado. Sin embargo, mi espalda está pegada a mi ropa y mi corazón late de prisa. La imagen del sueño está ahí, latente en mis manos que tiemblan. Doy un par de vueltas antes de sentarme nuevamente frente a la computadora (no quiero hacer otra cosa). Recupero lo que había escrito y releo. Me quedo unos minutos pensando y retomo la última frase: dispuesta a morir de nuevo. Escribo.
Imagen extraída de lumediana.
viernes, julio 17
Celuloide erotizado
viernes, julio 17
Después de ver varias veces el final de la 5ta temporada de Grey's Anatomy y llorar como no tienen idea (aún me queda retumbando la pregunta: ¿por qué, por qué, por qué?), se me ocurrió hacer un post dedicado a algunos momentos eróticos y bellos del cine. No tengo un vastísimo conocimiento en esa rama, así que me he limitado a seleccionar las escenas que me han conmovido más profundamente.
Y espero que tengan un efecto similar en ustedes.
Mientras nuestros ojos están cerrados el sueño es real. Esas fantasías son nuestro mayor tesoro, no importa si luego nos sentimos traicionados porque nos obligan a enfrentar aquello que negamos, ella siguen ahí: únicas, reales. Maravillosas.
¿Recuerdan su primera fantasía? Esa primera sensación cálida, pero a la vez lejana. Totalmente empapados de imaginación hacíamos de ese instante el más valioso tesoro, aquél que le daba un sabor distinto a cada mañana, el que despertaba el sueño y lo hacía convivir con la realidad.
Inmersos en la fantasía, luchamos por protegerla y nos volvemos sus celosos guardianes. Día y noche cuidamos a nuestro amor: mirándolo, siguiéndolo, saboreándolo; no nos separamos de él un instante, haciendo su vida nuestra. Cuando de repente, un día, llega ese momento, el instante en que algo nuevo y desconocido se nos descubre, algo mágico que despierta un nuevo aspecto de esa sensación desconocida.
Crecemos y todo cambia. El deseo se convierte en una posibilidad real: un hombre, una mujer, alguien cercano o distante, pero real. Es entonces que el azar, aquella mezcla de voluntades de quienes nos rodean, nos regala una mirada, un gesto, un susurro; algo que devela el deseo latente. Un cuerpo, un deseo tan fuerte como nosotros, está ahí, contoneándose ante nuestra mirada, provocándonos.
Llega el momento. Dejamos caer las barreras y poquito a poco nos damos el permiso de disfrutar ese instante. Descubrimos que somos hermosos, seres de luz que brillan y chisporrotean con caricias y besos; las sonrisas brotan, los cuerpos chocan y esa sensación cálida nos embriaga, haciéndonos desear más.
Y por último un regalito extra. No puedo mostrarlo, pero quienes desee ver pues que abra sus ojos y vea.
Y espero que tengan un efecto similar en ustedes.
Mientras nuestros ojos están cerrados el sueño es real. Esas fantasías son nuestro mayor tesoro, no importa si luego nos sentimos traicionados porque nos obligan a enfrentar aquello que negamos, ella siguen ahí: únicas, reales. Maravillosas.
¿Recuerdan su primera fantasía? Esa primera sensación cálida, pero a la vez lejana. Totalmente empapados de imaginación hacíamos de ese instante el más valioso tesoro, aquél que le daba un sabor distinto a cada mañana, el que despertaba el sueño y lo hacía convivir con la realidad.
Inmersos en la fantasía, luchamos por protegerla y nos volvemos sus celosos guardianes. Día y noche cuidamos a nuestro amor: mirándolo, siguiéndolo, saboreándolo; no nos separamos de él un instante, haciendo su vida nuestra. Cuando de repente, un día, llega ese momento, el instante en que algo nuevo y desconocido se nos descubre, algo mágico que despierta un nuevo aspecto de esa sensación desconocida.
Crecemos y todo cambia. El deseo se convierte en una posibilidad real: un hombre, una mujer, alguien cercano o distante, pero real. Es entonces que el azar, aquella mezcla de voluntades de quienes nos rodean, nos regala una mirada, un gesto, un susurro; algo que devela el deseo latente. Un cuerpo, un deseo tan fuerte como nosotros, está ahí, contoneándose ante nuestra mirada, provocándonos.
Llega el momento. Dejamos caer las barreras y poquito a poco nos damos el permiso de disfrutar ese instante. Descubrimos que somos hermosos, seres de luz que brillan y chisporrotean con caricias y besos; las sonrisas brotan, los cuerpos chocan y esa sensación cálida nos embriaga, haciéndonos desear más.
Y por último un regalito extra. No puedo mostrarlo, pero quienes desee ver pues que abra sus ojos y vea.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



