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lunes, octubre 1

Un cuento como machito

lunes, octubre 1
Hola linduras, ¿cómo están?

Esta semana ha estado un poco agitada para mi. Sucedieron varias cosas, y éstas cosas que sucedieron promovieron ciertos pensamientos que finalmente desembocaron en el post que ahora les comparto.

Todo comenzó con una conversación con mi amiga Angeles Colorado (del facebook) en la que hablamos de la "dicha" de ser mujer (por cierto... ¿ustedes qué piensan de ser mujer u hombre? ¿Son dichosos con su sexo? ¿No?). Bueno, retomo la historia... luego (o en medio) tuve una discusión con otra amiga sobre los límites y roles que socialmente aceptamos como masculinos y femeninos. Y aunque siempre he sido medio machito (lo confieso), pues siempre me sentí tambien dichosa de ser mujer.

En fin, como no pude resolver esto de manera racional asumí de nuevo el texto como medio. Tomé todo esto como inspiración para escribir un post asumiendo un punto de vista masculino. Esto es algo que ya intenté hace mucho tiempo, pero ahora la perspectiva fue otra. Y aclaro que desconozco el motivo por el cual sucedió, pero finalmente el relato terminó cobrando un aire... diré metafórico. Pero bueno... ese es tema para que conversemos luego.
Les envío un cariño y los dejo con...


UN RECUERDO



Mi aliento se dibuja sobre el frío aire de la mañana. Las formas del vaho resaltan sobre la luz gris que se extiende, desde y más allá del mar.

Mis manos aún están tibias.

La calle se llena de buses. Los faros brillan contra el aliento que parece exudar la calle.Estoy quieto en la parada del bus. Las imágenes parecen asomarse al final de un camino corto y bastante recto. Acerco mis manos para calentarme y siento su ligera capa de sudor aún impregnada en mi mano.

La calle desaparece.

***

Descubro el terciopelo de su piel de aquello que la cubre, formando una inmensa llanura. La luz en la habitación pierde fuerza; de su piel brota una luz constante e intensa. Más y más grande, el brillo se vuelve cálido y se filtra bajo mi piel. Me vuelvo un animal escurridizo y vibrante que se cuela a través de las inflexiones de su ropa. Ella ríe y yo disfruto.Me permite indagar en ella hasta que, con una risa, me aparta. En el choque, brillamos y nuestras pieles explotan. Nos deshacemos en jirones que toman forma de brazo, dedos, cuello, vientre y piernas. El eco de los besos se combina con susurros de risas y caricias volviéndose corriente que estira la piel hasta límites imposibles. El chasquido del fuego resuena en algún lugar y el viento arrecia con más fuerza hasta lo más profundo de la tierra, de donde brota la fuerza que me empuja en ella.

Y a ella en mí.

Me recobro desnudo frente a ella. Apenas cubierta, exhibe sus pechos tibios y sus mejillas sonrosadas. Con besos, marco la ruta para volver mientras me sumerjo bajo las sábanas. Cada poro me regala un brebaje dulce parecido al néctar. A cada momento me siento más fuerte. Recorriéndola, desciendo hasta un lugar donde la luz se extingue. Entonces aparece ella, brillosa y perfecta, iluminando con su sonrisa el lugar. Me observa, recostada de lado, con sus piernas juntas y su pecho ondulante. El suave vello de su sexo intenta contener un aroma dulce y fuerte (como el estallido de victoria al final de una batalla), pero su esfuerzo es inútil. El perfume me embriaga y soy vuelto aire.Giro alrededor del fuego que crepita y se eleva. La llama naranja me envuelve con ella y formamos un camino espiral por el que lentamente descendemos hasta una bóveda azul. El tiempo y el espacio se consumen. Ella ríe, y en su aliento somos devueltos como gigantes celestes que reposan sobre un continente verde y sereno.

***

Noche. Silencio. El recuerdo se va limpiando de palabras mientras el sueño avanza. Cierro los ojos y aún me siento  dormido con sus brazos rodeándome y su cuerpo susurrándome sus secretos. Le prometo que seré discreto y brota de nuevo en mi boca el dulzor del rizo mayor de sus labios. Lo siento bajar por mi pecho.

Todo desaparece.

miércoles, junio 22

Lo que se unió, volverá...

miércoles, junio 22
Me cansa tocarme pensando en ti. Mi mente juega a inventarte, pero mi cuerpo contiene un calor finito que no traspasa un límite. Nada me violenta, me arrebata o me rompe. Sigo siendo yo. No cambio. Cada noche me convenzo de estar satisfecha con este coqueteo estúpido conmigo misma. No le presto atención a esa sensación diluída entre un techo vacío y una recámara a oscuras. Mi respiración vuelve a hacerse normal y recuerdo. Cierro los ojos y pronuncio tu nombre lentamente. Una, dos, diez, cien... ¿cuántas veces debo imaginarte a mi alrededor? Estás ausente. No eres el cielo, el mar o siquiera el aire a mi alrededor, sino sólo un cuerpo que me acostumbré a tener cálido junto a mí. Así de finito y ridículo. Y aún así te recuerdo.

Algunos dicen que la lengua está conectada al corazón y por eso las putas no dan la boca. Estúpida yo, no lo sabía entonces. Te dejé filtrarte en mí y crear una ligera capa por debajo de mi piel, un atado de fibras repletas de tu aliento, y su cadencia junto a mi oreja; el sonido de nuestra piel frotándose y tus besos y tu sexo húmedo. El gris del corazón del que tanto hablabas tiene dos extremos, y no conozco el camino en el otro sentido. Si volviera a ese instante, a esa cama con nosotros abrazados, no lloraría. Siento tu calor y dejo de pensar que a la noche siguiente ya no estaremos juntos. Diluyo la historia que dejo escribirse en mi cabeza, dejando que le gane el caos de nuestros cuerpos juntos. La ropa, los miedos, las voces, todo cae. Tu cuerpo en mí, cae; mis párpados, mis piernas, mis brazos, la realidad, caen. En la imaginación una finitud de carne se extiende hasta abarcar el inmenso universo de grises que tu corazón esparce por todo tu cuerpo. Tus ojos me miran fijos, tu sonrisa lánguida, esos sonidos (casi gemido, casi grito) se quedan fijos. Deseo, tal vez sueño: cerrar los ojos y recobrarme viendo ese maravilloso blanco fundirse en mil otros colores que tomaban la forma de tu rostro sonriéndome. Pero ya no más. El silencio me devuelve a ti, y de tus formas salto a mí. A un corazón que se resiste a estar encadenado, apegado a una calidez que no está más. Una mirada, una caricia, una canción. Los detalles de cada instante flotan en la superficie de mis recuerdos. Ligeros, toman forma de burbujas que al final estallan. Explosión. Sorpresa. Caos. ¿Te recuerdo tanto por haber irrumpido de golpe en mi vida? Éramos dos extraños en un país ajeno para los dos. Conocerte fue poblar los colores. Al gris, la ligera corriente de nuestras manos juntas; verde, sabor, aliento antes que tu lengua me tocara; celeste, tus ojos disueltos en los míos que se cierran... y entraras en mí. Sola-desnuda-contigo, era feliz.

Me desconozco. El sonido de esas cuatro letras no me evoca más, la de esas fotos no soy yo. La de mi imaginación no soy yo. Si escribo, si sueño, si vuelo, estás. Imagino contigo. En el silencio dejo que ese entramado bajo mi piel aflore por cada poro y me abrace. Le permito cubrirme de una bruma traslúcida que me transporta a otro lugar donde los cuerpos están desvanecidos. Lejos de las formas, lo que queda apenas si podríamos llamarlo colores. ¿Magia? No lo sé. Me dejaré sorprender. Un chasquido deviene en parpadeo, y éste en cascada, de cascada avalancha, y entonces el mar. Si, magia. Ya no hay límite, ni borde sobre el cual rogar o soñar. No hay frío o calor, tampoco un punto medio (como el gris del que hablabas), sólo un plácido vacío. Estoy en la carencia del aire que esparce tu nombre, del agua que me da sed, del suelo en que pisaba.

No camino, floto. Rumbo a algún lado. El dolor lo acepto. Evado el deseo, abrazo la esperanza. Un día a la vez, me digo. ¡Esperanza, traspasa mi piel! Tu mano es mi mano. Ya no soy yo quien se toca. Soy vacío. Y en mí, tu recuerdo habita, crece y se hace más fuerte. Exploto.

Y la luz. El techo de un cuarto vacío. Y el silencio, una certeza.
Te voy a volver a encontrar.
Mi amor.

martes, febrero 15

Una nueva propuesta

martes, febrero 15
Hola a todos, ¿cómo están?

Hace un tiempito que no escribo, ¿verdad?
Lo siento, estoy intentando retomar el ritmo inicial de escritura, pero me cuesta una barbaridad. Muchos cambios desde que estoy en Buenos Aires. Y aún no logro acostumbrarme. No a la ciudad, sino al nuevo ritmo.
Extraño poder dedicarme todo el día al blog, pero como los cambios son inevitables se me ha ocurrido otra forma de no desconectarme de ustedes. En vez de entregarles historias terminadas puedo ir avanzando de a poquitos más pequeños con la ayuda de ustedes. A ver cómo nos va con eso. ;)
Vamos a la idea... hace tiempo tengo en mente escribir el relato de una pareja que se reencuentra. Es la primera noche que se ven tras meses separados... Y este párrafo a continuación se me ocurre que es un buen inicio...

Ella sonríe con él. Sus piernas mantienen aún el abrazo de su cintura, y sus manos acarician su espalda mientras se hablan y miran a los ojos. Brillan. Caricias y besos esparcen el sudor sobre sus pieles, mientras ellos siguen extáticos como la estatua de un hombre y una mujer abrazados en una noche de verano. Sonríen. Sus cuerpos se tensan ligeramente antes de darse un nuevo beso. Sus risas desaparecen por un instante mientras el calor de sus labios apretados baja por su pecho hasta sus sexos. El abrazo se deshace y él se yergue. Ella abraza sus hombros y lo hace girar. Lo recuesta. Sobre él, hunde profunda su lengua en su boca y alinea sus caderas con las de él. Una pausa y desciende su cuerpo hundiendo su miembro muy dentro de ella. Cierra los ojos y lanza un suspiro. Cruzan sus miradas y sonríen nuevamente. El brillo de su piel se agita suave al ritmo de un movimiento que inicia nuevamente.

Cuéntenme qué situaciones les recuerda la situación, o qué experiencias les suscita... en fin, cuéntenme lo que les viene a la cabeza.

Espero que les guste la idea.
Un beso inmenso para todos.


I.

martes, agosto 25

Mi primo Parte II

martes, agosto 25
¿Nos recuerdas de chicos en la iglesia? Intercambiábamos miradas cómplices hasta sentirnos libres de la mirada del vigilante de turno (tu mamá o la mía), y entonces me sorprendías con una gracia. Guardabas la apariencia para arrancarme risas, haciéndome sencillo estar en ese lugar que tanto odiaba. Cuando el eco de las campanas se llevaba fuera a la gente y sus conversaciones, nosotros podíamos por fin jugar libres. Corríamos entre columnas y banquetas persiguiéndonos, guardando silencio, parando al sentir a alguien cerca. Íbamos de un lado a otro hasta atraparnos y volver nuevamente a perseguirnos. Éramos felices.

El traje y corbata remarcan tus hombros y lo ancho de tu cuello. Luces hermoso con tu sonrisa amplia recibiendo a los que llegan, a papá, a mamá, a mí. Te estrecho entre mis brazos y mis labios llegan hasta tu mejilla para confesarte en un suave beso el deseo que no puedo olvidar y me perturba: tú. Siento que tiemblas, pero disimulas con una sonrisa y un: “gracias por venir”, apartándome. Mirarte apenas a unos pasos sin encontrar tus ojos con los míos duele. Me alejo, sonrío y converso sin perderte un instante, pensando cómo confesarte mi arrepentimiento. Me imagino caminando hacia ti, con mi piel entera luchando por contener el deseo tan fuerte que guardo; estamos solos y no me alcanzan las palabras, me abrazo a ti obligándote a besarme... Volteo y encuentro tu mirada sobre mí. Retiras de golpe la vista y escucho los golpes en la puerta y tus gritos. Sonríes nuevamente a los invitados y a pesar que te miro no volteas más.

Un día te atrapé y no quise soltarte. Escuché que te irías de viaje, pero recién al abrazarte y sentir tu calor supe de golpe que no te vería en mucho tiempo. ¿Qué tienes? preguntaste y salí corriendo lo más lejos de ti. No quería que me vieras llorar. Pasé el día sin hablarte, me hice la enferma para evitar recordar que te irías. ¡Adiós!, me dijiste desde la puerta de mi cuarto y yo, una chiquilla tonta, te di la espalda. Escuché cada paso cuando te alejabas, los saludos y abrazos después. Aguardé tensa hasta que llegó el golpe de puerta y recién pude llorar. Apretada contra la almohada renegué de Dios, de tu papá, de ti, de mi, de todos. Ya no podría correr y colgarme de tu cuello, reir contigo, al menos verte; me arrebataban cada instante que convertía en fantasías, me arrebataban todo. Por primera vez me sentí sola.

La gente comienza a entrar a la Iglesia y no te encuentro. Pregunto a tus amigos y no saben tampoco donde estás. ¿Te escondes? Hemos dejado de lado columnas y banquetas pero aún jugamos a cazarnos. Atravieso pasadizos y cuartos de techos altos y blancos, paso a paso voy hacia ese sueño cuando surges de improviso en el cuarto más alejado. Entro y cierro la puerta e intento sonreír al tomar tus manos, tú en cambio me asustas, apretándome fuerte y alejándome de ti. Tus ojos lucen furiosos y lanzas mil preguntas en un instante, juntas letras y palabras en una nube rabiosa que me pierde hasta que vuelvo a ser esa niña insolente que no responde y te ignora. Tu rabia escupe un sueño roto, miles de pedazos sin forma y no te reconozco. Como esa niña, nunca te quise decir adiós, sólo esperaba que el brillo de mis ojos y mi silencio te respondieran, pero no lo conseguí. También ahora quisiera correr pero es mayor mi ansia de abrazarte, de apretarte fuerte a pesar que me agredes con tus susurros y tu mirada. Sigues golpeándome cuando en mi pecho resurge algo que pensé había perdido: la imagen de nosotros juntos. Puedo tocarla y transformarla en una plegaria que repito y repito hasta darle la misma fuerza que tus golpes y detenerte. Apartas tus manos de mí sin saber cuanto daría porque tus ojos, tu boca, todo tú me abraces y borres esta sensación de estar desnuda frente a tu rabia. Soy un amasijo de venas, músculos y sangre que sólo saben respirar tu nombre, y que ve con horror que retrocedes. Perdóname. Te tambaleas, no te alejas, pero tampoco acortas un centímetro la distancia que nos separa. Ahora tú me das la espalda y agachas la cabeza. Si pudiera toda yo absorbería tu pena, me haría inmensa y te protegería. Perdóname, repito. Aún puedo sentir en las noches tu olor impregnado en mí, lo inspiro y lo retengo porque es la única manera de mantenerte a mi lado. Ahora que estás frente a mí haces temblar mi mundo entero. Ni siquiera respiro cuando levantas la vista y te escucho. Lo siento. Tus manos no tiemblan, ni hay la menor duda en tu voz, incluso lo repites: lo siento. Te alejas y vuelves a lo que hacías como si nada hubiera pasado. Te miro y sólo escucho la indiferencia con que te despides de mí. Lloro cuando en ese instante repaso cada instante mágico que vivimos juntos. Todo avanza, pero yo estoy detenida, clavada en un instante que pasó y que sólo deseo revivir una y otra vez. Cierro mis ojos y junto todas mis fuerzas en dar un solo paso, uno sólo que me acerque a ti; entonces un fuego, como una fuerza abrupta y violenta que no se resigna a morir, me empuja, volviéndose el abrazo que te doy. Luchas e intentas zafarte pero me aprieto fuerte, tanto como para sentir tu corazón acelerado y violento. Esta vez no correré, forzaré tus labios a que me dejen entrar. Deja de luchar, tus manos y pies no son tan fuertes como los míos apresados a ti. Ahora sólo estamos los dos: mi beso, tus golpes y nuestra piel irritada. Mil y un perdones por cada golpe que diste por mí, es lo que dice el beso que rechazas cuando caemos. Aprieto mis labios contra los tuyos con el deseo de acostumbrarte de nuevo al calor que compartíamos, que recuerdes ese último aliento cuando corrías y me alcanzabas. Ya no estás solo, yo te acompaño, abrazo y beso tu dolor, me dejo caer contigo tan hondo como se pueda caer. Desaparece el azul del cielo tras la ventana, el blanco del techo, tus labios, tu cabello; suspiramos y luchamos mientras caemos juntos. Muerdes mis labios y tus manos arañan mi cintura, y no opongo resistencia. Los golpes no duelen tanto como tener que cerrar los ojos para verte o la frustración de no encontrarte al despertar. Mi cuerpo entero está a punto de romperse cuando tu saliva impregna mi boca y me baña el profundo suspiro que sale de ti. Todo cesa al posar suavemente tus manos sobre mi espalda y esa lágrima fría tuya se cuela entre nuestras mejillas. Respiro. Tomo una larga bocanada de aire antes de secar tu lágrima con un beso y encontrarme de nuevo con esa hermosa sonrisa tuya. Nuestros cuerpos bañados de calor y heridos me son nuevos, como la seguridad de que no importa lo que pase, nunca más te dejaré ir. Nunca.

Ni siquiera cuando esa puerta se abra, y debamos salir ante la multitud.


Continuará...

domingo, agosto 16

Un rey y una reina

domingo, agosto 16























Cerca del bosque, sentada en el claro donde caminamos, mira el cielo azul y el sol brilla en su piel. Juega a hacer fomas con sus pies desnudos y el pasto, el viento levanta su cabello miel y ríe. La imagen perfecta se disolvía al enfrentar los cuerpos y la sangre, los gritos de guerra. Recuerdo el miedo cuando el viento del norte soplaba trayendo el anuncio de la próxima batalla, más golpes de metal sobre cuerpos abiertos y rotos, imágenes y sonidos que se borran mientras me acerco a ella. En medio de los gritos de la multitud que celebra nuestra vuelta cuento los pasos hasta ella, la mirada más azul del mundo que está pendiente de mi y me espera.

Desde que mi corazón me dijo que volvería, lo esperaba cada día en lo alto de la torre. Días, semanas, años hasta verlo nuevamente en el horizonte de camino a casa. Una alborotada multitud lo rodea al bajar de su caballo, cuando sube la escalera de palacio y llega a mí. Mi reina, dice, y tiemblo: está vivo, feliz y a mi lado. Comemos disfrutando de bailes y cantos hasta llegar la noche, cuando me toma de la mano y recuerdo cuán cálido e intenso es. Subimos juntos a la alcoba mirándonos como dos chiquillos, hasta que ya solos aprieta mis manos entre las suyas y aspira como si quisiera atrapar mi aroma. Sólo sonrío y tomo su rostro, me inclino y aprieto mis labios a los suyos.

Viajé donde ninguna flecha pudiera herirte, tan lejos que no escucharas mis gritos, ni me vieras como el rey de una jauría. Desenreda mis cabellos y desabrocha los botones de mis ropas. Se aparta un momento y me limpia con una esponja húmeda. En medio de lanzas y espadas te veía. Atacaba y destrozaba con el miedo que llegaran a herirte. No se detiene, contempla en silencio las cicatrices que cubren mi cuerpo y pasa su mano sobre ellas. Limpia mis piernas y pies, cada centímetro de mi cuerpo ajado de tantas batallas. Golpeé y maté deseos como el mío. Me hice el más fuerte sólo para volver contigo y estrecharte una vez más. Termina de asearme y me siento mejor, como si el olor de la sangre no estuviera ya impregnado en mí.

Retira una por una mis prendas, regalando besos y caricias sobre cada porción de mi piel que descubre. Roza mis senos y vientre con cada botón que suelta, mientras sus ojos irradian una luz hermosa y calmada como la del fuego que nos calienta. Te vi partir imaginándote frente a bárbaros corriendo en tu contra y desee una espada para acompañarte. Pierdo los zapatos y las medias, y una nueva temperatura sube desde mis pies. Se incorpora y toma con sus manos mis mejillas; me detengo en su piel rugosa contra la mía cuando me sorprende su aliento y un beso, sus labios impregnados de dulzura y calor. Mataría con gusto a tu lado, me privaría de miel y vino si tu me acompañas. Frota con tierna suavidad mi cuello y mis hombros, mis brazos, mis codos y mis dedos, mi espalda, mi pecho. Contengo el suspiro que me provoca cuando su mano desciende y pasa el ligero monte bajo mi vientre. He sido fuerte por ti, he gobernado este reino en tu nombre sólo esperando tu vuelta. Sus manos pasan mis muslos y piernas y se va deteniendo cuando llega a mi sexo. Lo descubre bajo los vellos y me embriaga con un beso, húmedo e intenso como el vino.

Bajo la luna su piel se vuelve un océano inmenso para navegar, un mar calmado que me lleva al único puerto que busco: su cuerpo expuesto a mi mano y mis ojos, su corazón palpitante bajo cada palmo de piel. Pasas tu mano bajo mi barbilla, apenas si rozas mi cuello cuando llegas a mi cabello que sostienes con fuerza. No necesito más que tus ojos para adivinar el deseo cálido de tu sexo duro y tu cuerpo ansioso. Descansa, no pienses, ni recuerdes, entra en mí y déjame cobijarte hasta que olvides la pesadilla. Mi pecho late descontrolado ante su mirada brillosa y sus piernas que me rodean cuando caemos sobre las sábanas. Me hundo entero en ella y olvido todo. Las caricias suaves que me regalas se convierten en respiración entrecortada y violenta, ímpetu explosivo de golpes que saben a miel y me abarcan toda. Al abrazarte disuelvo cada día que hemos estado lejos, mi pena por no poder combatir a tu lado. Nuevamente estoy entero, libre de expresar el deseo que convertía en gritos y golpes salvajes. Cada sonrisa, cada beso, cada instante con ella me limpia del horror. Mírame, nuestros cuerpos se evaporan, desaparecemos. Besamos, abrazamos, mordemos, arañamos angustiosa, desesperada, rabiosamente, hasta que casi libres casi plenos casi perdidos casi rendidos casi cansados casi hartos casi aguardando casi llorando casi felices... nos juntamos otra vez.

***


Me dejo vencer por el sueño con la certeza que despertará frente a mí. Mis dedos estarán enredados en su cabello y su mano reposará sobre mi; el olor del pan y el ruido de las aves nos despertarán. Le daré un beso y abrirá los ojos. Sonreirá y seré feliz.


Imagen extraída de cuarto mundo.

miércoles, julio 22

Época de sequía

miércoles, julio 22
















Deja de agitar su mano entre sus piernas y la acaricia. La húmedad que baña su vulva y la cama, sus ojos apretados, sus gemidos que mueren, todo tiene su olor. Y mientras ella intenta escapar de su estado alucinado, roza con su pene su vulva indefensa y abierta. Una caricia de un instante antes de tomar sus caderas e introducirse en ella de un golpe, de arrancarle un grito ahogado y estremecer el cuerpo cálido y vital de esa mujer, que se estira hacia atrás, abriéndose aún más, dispuesta a morir de nuevo.

Termino la frase y releo. No siento nada, no me provoca nada, es basura. Presiono una tecla y la pantalla está nuevamente en blanco. Mi cuerpo está aún más tenso, me duele el cuello y la espalda; reviso ideas que no me gustan, harta de recordar cuando podía desmembrar un instante en mil chispazos que luego convertía en historias. Deja de agitar su mano entre sus piernas. Mierda, es mierda. Cierro los ojos y recuerdo cómo nacieron las primeras historias. Me despertaba sudada y excitada de encontrar imágenes aún en mis sueños, figuras y formas que escribía hasta vaciar mi cabeza y por fin poder dormir. Al día siguiente un nuevo juego: Acaricia entre sus piernas la húmedad de su vulva. Sus ojos apretados, sus gemidos que mueren. No.Acaricia sus piernas, su vulva, aprieta sus gemidos, su olor. No. De entre sus piernas aprieta su vulva, la exprime, sus ojos se aprietan y ella gime. No, no, ¡NO!. Parezco yo misma el mal amante de quien tanto me burlaba, un burdo pedazo de carne incapaz de transmitir el fuego que no tiene, pero que en mi caso perdí. ¿Dónde se fue la intensidad que antes surgía con un chasquido? Su vulva indefensa y abierta. El viento, la gente, los autos, todos los sonidos familiares me recuerdan que el tiempo sigue corriendo. Desde hace semanas mis ojos tropiezan con la misma plaga de letras anémicas que terminan desapareciendo en una pantalla de permanente y brillante blanco. Su vulva indefensa y abierta. Salí a la ciudad, recorrí sus calles, busqué distracciones, sonrisas y conversas que se acompañaban con tragos que mostraban el camino. Su habitación, la mía, la de un hotel. Mordía, gritaba y gemía sin poder llegar a ese estado que extrañaba, y que sin embargo podía ayudarlos a alcanzar. Abracé a cada uno y soporté su aliento, hasta que se iban y me dejaban convivir conmigo misma, con mi vulva adolorida y mi cabeza y mano vacías. Sus ojos apretados, sus gemidos que mueren... su estado alucinado.

Me quedo junto a la ventana, atenta a la gente: caminan, hablan, ríen yendo de un lado a otro. Imagino cada parte de mí recorriendo un camino similar, dispersándose riendo, mientras ese algo yo desaparece como una ciudad vieja que abandonada pierde sus recuerdos. No siento, no huelo, no gusto, ni camino... floto con miles de imágenes borrosas que no desaparecen, un humo difuso de colores opacos que guardan la forma de mis brazos, de mis ojos, de mi pecho, de mi sexo. El cuerpo cálido y vital de esa mujer. Escribir cada historia me transformaba en protagonista y personajes, cada uno era un pedazo mío que vibraba y se agitaba hasta llegar al punto final, y en ese momento toda yo lanzaba un suspiro, aliviada.

Hoy no es distinto a los últimos días, cierro la ventana y me aprieto contra el sofá para no sentir frío. Todas las luces prendidas y el silencio vuelven más amplio el departamento. Fijo la mirada para distraerme, poco a poco pierdo toda noción, quedándome lentamente dormida. Despierto sobre un colchón de hojas húmedas, cubierta por árboles que cubren el cielo oscuro. Apenas puedo ver. Contengo la respiración para escuchar mejor y en medio de todo el silencio siento a alguien ahí, en medio del bosque, esperándome. Intento abrazarme y me doy cuenta que estoy desnuda, mi cabello ha crecido y me cubre las rodillas. Un silbido explota agudo a mi espalda y se aproxima. No tengo nada con qué defenderme, corro. Salto en la selva y atravieso maleza y ramas, hundo mis pies en el fango, las ramas me cortan, pero no me detengo. El zumbido se acerca, más y más próximo a cada segundo. Me baña una escarcha de sudor frío y la maleza me estorba. Árboles y más árboles, y no puedo distinguir nada, ni un pedazo de cielo por algún lado. Hace frío. Mis piernas están por explotar y mi pecho apenas contiene a mi corazón, que late asustado. El vibrar del horrible ruido toca ya mi espalda. En un parpadeo los árboles se vuelven de un mortecino rojo opaco, inmensos, eternos, invencibles. Pierdo mis fuerzas y caigo; y eso se abalanza sobre mí. Me arranca la piel, me destroza. Lucho contra el fango y ese agudo sonido que me hiere; y cuando consigo voltear, ahí está ella, informe y parecida a mí, un alarido que me arranca músculos y cabello sin producirme más dolor que el de su risa macabra y aguda. Mi cuerpo desaparece frente a mí, la sangre me riega toda y abro la boca pero no produzco ruido. Entonces grito, lo hago con mi cuerpo, lo que queda de mí, respondo a su violencia con mis uñas y dientes, que se clavan en ella, ese alarido que ahora aúlla de dolor.

Despierto. El departamento sigue iluminado y en silencio, nada ha cambiado. Sin embargo, mi espalda está pegada a mi ropa y mi corazón late de prisa. La imagen del sueño está ahí, latente en mis manos que tiemblan. Doy un par de vueltas antes de sentarme nuevamente frente a la computadora (no quiero hacer otra cosa). Recupero lo que había escrito y releo. Me quedo unos minutos pensando y retomo la última frase: dispuesta a morir de nuevo. Escribo.


Imagen extraída de lumediana.

miércoles, julio 15

Un juego

miércoles, julio 15




















El dolor de la soga apretando mis muñecas desaparece al sentir su látigo; oprimiendo la piel de rodillas y muslos se filtra entre mis piernas y abriéndolas, las recorre. Repasa una y otra vez la raja de mi sexo antes de apartar la mata de vellos que lo cubre, exponiendo los labios que ha tocado tantas veces y que ahora descubre de manera distinta: el coño de una mujer apretada contra un árbol, desnuda en un bosque desconocido, abierta y dispuesta a él, que imaginando sus ojos atentos y fijos, fascinado, inclina sus caderas para mostrarle abierta la raja que hay entre sus labios, un sexo cálido, húmedo y ansioso.

Sus pies destrozan las hojas bajo ellos y su respiración cambia, pierde su calma y se agita. Aprieta nuevamente el látigo y marca círculos sobre mis caderas subiendo por el vientre, repasando senos y cuello, hasta alcanzar la boca y forzarme a despegarla para empapar su látigo en saliva. Una bocanada de viento frío me estremece antes que separe su látigo de mí. Mi pensamiento vuela imaginando su siguiente movimiento mientras mi cuerpo está tenso; la espalda se eriza y todos mis sentidos se ponen en guardia, atentos para estallar al mínimo estímulo. Soy su víctima, la dulce presa que disfruta la tensión de su cuerpo y el placer punzante que comienza a formarse bajo el vientre, debajo de la mata de vellos con la que hace un momento jugaba.

Se acerca. El viento disipa su aliento, pero su calor está claro y firme abrasando cada poro de mi cuerpo. Aún tan cerca, no me toca; usa su látigo para apartar mis piernas y acariciar mi pequeño volcán. Su respiración tensa es un golpe de aire caliente chocando contra mi pecho, perforando piel y vientre, volviéndose el jugo denso que baña mi vulva. Mi cabeza explota en imágenes de su carne tensa y dura introduciéndose hasta tocar mis entrañas y estrujarme contra el árbol; imágenes que chocan con la distancia de su cuerpo. Abro mis piernas mostrando los labios de mi sexo, provocándolo con ese rojo encendido que adora, tanto como la abertura en forma de rosa de mi coño. Su aliento se agita, como si le costara frenarse al ver brotando de esa raja que se niega a penetrar, el jugo cálido que tantas veces lo abrigó, y su urgencia termina estallando en un azote. Dos, tres, decenas, cientos. Los golpes se combinan con el ardor de mi ansia y juntos se vuelven un calor intenso que baja como un golpe hasta mi vagina ansiosa y gira mis caderas hacia delante, exigiendo sus caricias. Me ignora manteniendo firme el castigo, abriendo mi piel, haciendo brotar mi sangre y violencia. Frustrada, vomito el gemido ahogado a mitad de mi garganta en una palabra, una orden: ¡Penétrame!. Apenas he terminado de decirla ya tira de mi cabello, como si fuera a arrancarlo de mi cabeza. ¡Penétrame!, repito y reanuda los azotes, mientras mi mi pecho se tensa y mis piernas lo atrapan entre sí. Se agita, intenta escapar pero no lo consigue. Su rabia crece y lo vuelve torpe, pierde el látigo cuando ya ha conseguido abrir mi piel. No deja de golpear, amontonando la sangre con cada uno de sus golpes mientras yo repito: ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!... taladrando sus los oídos y volviendo su fuerza inútil contra mi voluntad. Me tapa la boca y jala mi cabello pero no dejo de repetir, de gritar, harta de sentir sólo sus muslos rozando los míos, sólo su aliento y su mano golpeándome. En medio de la lucha nuestras caderas se juntan y nuestros sexos se frotan, mientras ambos intentamos ser el que ordene al otro, quien imponga su voluntad y lo someta. Me abalanzo sobre él y clavo mis dientes en su pecho, su piel se abre y lanza un grito que me estremece toda. Tiemblo frustrada, cansada de su indiferencia, de su juego distante y frío, y las lágrimas llenan mis ojos. Comienzo a llorar en el instante que deja de golpearme y lucha por soltarse de mí; lo intenta con todas sus fuerzas, pero yo aprieto más y más fuerte, dispuesta a terminar finalmente con esa distancia que él insiste en mantener. Siento su tensión, su aroma más intenso esparcido sobre ambos cuando finalmente consigue apartarme y tirarme contra el árbol. Volteo el rostro sintiéndome vencida, cuando mis ojos explotan en un río al sentir su pene, duro y firme, entrando todo. De la cabeza a la punta de los pies mi cuerpo se estira todo, mis dientes entrechocan y la saliva rebalsa mi boca, me pierdo sólo un instante antes de recuperarme y abrazarlo fuerte, empujándolo con mis piernas aún más profundo en mí. Una nueva brisa del viento agita las ramas a nuestro alrededor, y el silbido de las hojas se confunde con mi grito, como si fuera sólo el aullido de una fiera en el bosque.


***


Por la ventanilla del auto miro el árbol de anoche, que luce distinto bañado por el sol. Me distraigo al escuchar su risa a mi espalda y giro, encontrándome con sus ojos brillantes clavados en mí. Me mira un momento y se acerca despacio, confesándome en un susurro: me encanta jugar contigo. Sonrío y un segundo después me besa. Cierro los ojos y siento su lengua introduciéndose entre mis labios.

FIN

La imagen es una fotografía de Igor Amelkovich

martes, julio 7

Un adiós

martes, julio 7
Hace un mes, que compartimos juntos este blog. Desde entonces les he mostrado relatos rojitos y otros bien blancos. Esta vez, como mesiversario nuestro, probemos con el último color de los 3 oficiales de historias... miren a la derecha, a la izquierda, más allá del blanco central está un hermoso y profundo negro que enmarca la historia de hoy.




Fue divertido al inicio. Cafés compartidos luego de clase, horas de horas conversando, tocando temas que desconocía y que me apasionaban. Hablábamos hasta que cerraba la cafetería y salíamos aún conversando hasta darnos el beso en la mejilla y decir hasta pronto. Al alejarme, me alegraba sentir aún por largo rato sus ideas rebotando dentro mío y me esforzaba por mantenerlas agitadas hasta llegar a casa. Papá y mamá ya dormían cuando llegaba, así era mejor, podía quedarme sola manteniendo viva su imagen, evocando a mi hermoso profesor y jugar con él, hablarle echados en un sofá sólo pendientes del instante que transcurre hasta acercarnos. Me toma la mano sin miradas disimuladas ni risas, no hay nadie alrededor, estamos solos. Descubro los pliegues en su piel al apartar su camisa, siento su vello acariciando mi pecho y vientre al besarnos con el eco de nuestra conversación retumbando en las paredes que ahora ni distinguimos. Estamos en penumbras cuando pellizca mis pezones duros y sus labios traspasan mi vientre, cuando cierro mis ojos y abro mi sexo a las húmedas caricias de su pene, que entra profundo y me mantiene agitada y gimiente hasta que la mañana me sobresalta.

¿Cómo estás?. Te extraño. No lo hagas, tienes tantas otras cosas maravillosas que hacer. Ninguna me provoca lo que tú, ni me enamora como tú. ¿Estás enamorada de mí?... No sé bien, no sé nada con respecto a ti, sólo se de las ideas que me explicas. ¿Qué sientes entonces? Vibrar cada pedazo de mí. (sonríe) ¿Qué, es eso malo?

Todo el día me cansa leer, pensar, dormir, comer. Camino, hago, soy sin otro deseo que verlo nuevamente, conversar con él y sonreírle sin esfuerzos. Me es difícil describir mis días obviando su presencia (o el brillo de su recuerdo). Lo adoro tanto que cierro los ojos hasta traerlo por las noches a mi lado, cobijarlo conmigo bajo las sábanas. Me abraza mientras el leve rumor del silencio se disipa a nuestro alrededor y nuestros cuerpos tranquilos ganan calor hasta que la explosión es inevitable. Su mente y su cuerpo me agitan toda, me destrozan hasta hacerme renacer nueva y hermosa, casi tanto como él cuando brilla, tan hermosa como él.

¿Lo sientes? Si, aquí dentro. ¿En tu corazón? No, en mi estómago, en mis visceras. (silencio) Contigo siento que no me doy cuenta de nada. ¿Te das cuenta de lo que dices? No, la verdad no.

Nos volvimos a encontrar en clase y una vez más nos fuimos a conversar., pero cuando nos acercábamos para ese beso en la mejilla, me harté y lo besé. Apreté fuerte mi boca contra la suya, dándole en la presión y el movimiento de mi lengua, ese algo más que guarbaba para brindarle. Nos quedamos varios minutos sin respirar, sumidos en ese instante casi perfecto, hasta que al separamos me miró sorprendido. Brillaba de la excitación que sentía y dijo: ven conmigo. Fuimos de la mano hasta su auto. Sintiéndome afortunada, no dejé de besarlo y abrazarlo en todo el camino a su apartamento. Tranquila, decía apartando suavemente mis caricias y besos. Tranquila repetía y me resigné a acomodarme en el asiento; pasando mis pies por entre sus piernas, sintiendo su sexo duro, recibía sus caricias junto a su mirada traspasándome.

Me has sorprendido. ¿De lo que sacas de mí?. ¿Yo? Es imposible que sea yo te saque eso. Si, eres tu, tu, tu. (se ríe) Me siento raro aquí contigo. Yo también, y me encanta (sonrío) siento mi corazón cuando estoy contigo (aprieta mi seno izquierdo gimo). Quiero hacértelo de nuevo. Todas las veces que quieras. (me besa) ¿te das cuenta que podrías ser mi hija? Si, tal vez. Eso no me anima. Debería, porque tu me has dado una vida... ¿eso es lo que hacen los padres, no?

Ahora no necesitaba recordarlo, me sentía empapada de él; y en su aroma me refugiaba para soportar los gritos de mi padre cuando volvía por la mañana. No se cansaba de gritar a pesar que no le respondía ni hacía caso, se alteraba mientras mamá me miraba con un extraño brillo en sus ojos, como si pudiera adivinar lo que me pasaba, como si pudiera sentir su aroma. Hubiera preferido que me bote de la casa, de toda su vida, dándome la excusa perfecta para voltear esa página escrita con su pestilente sudor, un humor cancino y viejo, tan distinto del aroma delicioso que me abrazaba por las noches. Desnuda, gritando con él, gimiendo con él, entendía lo perdida que había estado. Me entregaba, deseaba, ardía por ser penetrada y consumida por ese fuego que llevaba en su cuerpo, ese calor inmenso que sentía abrazando mis entrañas cuando me tocaba. Esa maravilla que me volvía eterna y perfecta, como una luna, una estrella o el mar. Esa maravilla insólita que como el día o el fuego, en un instante se esfumó.


¿Dónde estás amor?
¿Dónde estás?
¿Dónde amor?


Sigue recostada pero se siente más liviana. Los recuerdos se disuelven, el sonido de la ducha con él dentro se disuelve, su voz repitiendo: esto es todo, se disuelve. Hace unos minutos, desnuda y triste, no pudo sacar a ese hombre de entre sus piernas. Entre fingidos jadeos, lo puso en jaque, lo arrinconó y empujó, incitándolo a tratarla violentamente para retenerlo. Él correspondió los besos con igual frenesí, le acarició el pecho, las piernas, el culo violentamente, como estrujándola. Ya en medio del juego -era un juego-, ella se sintó frágil, lívida, a pesar de enjugar sus labios y apretar sus cuerpos, no pudo sonreir como él, quien se mostraba atento tras terminar en ella. Le propuso una ducha y ella no quiso; él se fue y ella se acurrucó sintiendo dolida su boca y vagina, sus brazos y piernas. Esperaba más que esa saliva extraña corriendo por su lengua y un sudor mezclado al suyo, algo que encendiese el rojo de la habitación, que la hiciera sentirse viva en vez de bañada por un aroma aciago (que incluso parece ser su sudor). Sabe que ha fallado, que cualquier esfuerzo es inútil y se pone de pie. Siente una lágrima resbalando por su mejilla cuando el rojo de la habitación le parece insípido; una lágrima se estrella contra otra mientras ella recuerda que debe volver a casa.


Imagen proporcionada por picaflor

domingo, junio 28

Mi primo Parte I

domingo, junio 28
Aún recuerdo la cama vacía, mi ropa mezclada con la suya, y el interminable silencio interrumpido por las lágrimas que era incapaz de contener. Hacía tan poco estaba fascinada con sus caricias y atenciones; acurrucada junto a él, sentía mi olor impregnado en cada caricia suya, apretando nuestras caderas, jugábamos con nuestras manos a tocar los sexos calientes. En ese momento la habitación entera eran sus ojos, escondidos ligeramente tras un mechón de pelo. Su mirada, esa que me había fascinado durante años, estaba por fin fija en mí, abrigándome. Respiraba ese instante, marcando besos y caricias, dejando que sus palabras sean una melodía que me mostraba lo verdadero y me elevaba. Era un juego, un intercambio como cuando éramos niños, hasta que sus ojos y su voz cambiaron, perdieron un poco de dulzura cuando repitió por segunda vez una pregunta. Cuando lo entendí, todo se deshizo tan rápido como mis ojos se abrieron y mi cuerpo se congeló. Corrí al baño y me encerré. No abrí hasta mucho después que dejó de golpear la puerta y preguntar. Desnuda, sintiendo punzante el frío del baño en todo mi cuerpo, recordé por qué mantenía mis brazos atenazados a mi cuerpo al sentir sus caricias, por qué mis labios prohibían a mi lengua jugar con la suya, porque dudaba en entregarme cuando ambos nos acaricíabamos desnudos. Recordé de golpe que éramos primos, nuestra vida juntos desde chicos, y qué pasaría si nuestra familia se enteraba. Hubiera querido encontrarme con él miles de otras veces más, regalarle mil caricias, morderle los labios y dejarlo jugar sobre mí, desnuda y expuesta sólo para él. Era suya apretando con mis manos su espalda, abrazando su cintura con mis piernas, lo aceptaba cada vez que apretaba su culo y lo hundía más fuerte en mí; pero él quería que caminemos de la mano, dormir juntos y despertar, una vida a cambio de la que perderíamos con nuestra familia. “Si jugaron desde chicos”, dirían; “son familia”, “casi hermanos”, dirían. Y estaríamos solos.

No salí del baño hasta que accedió a irse; no quería mostrarme nuevamente desnuda ante él. Tampoco lo esperé, tenía miedo de sus ojos negros que saben calarme tanto y tan hondo. Me fui dejando su ropa sobre la cama, cubriendo la mancha de nuestro sudor mezclado, ese potente aroma que aún me retiene; vuelvo a él mientras voy con papá y mamá a juntarnos con la familia y celebrar que otra mujer aceptó su proposición. Me siento estúpida, urgida de hablar con él, decirle al menos hola y ver el reflejo en sus ojos. Desde que supe de la boda no ha pasado un solo día sin que tuviera sueños o pesadillas, cada noche despierto empapada en sudor intentando aclarar mi mente. Sin embargo, entre todas esas noches surge una historia tan hermosa que mi mente ya la convirtió en recuerdo.

Somos chicos y jugamos a atraparnos, encerrados en un cuarto oscuro, lejos de los grandes que conversan ignorantes de nuestro mundo. Tu resaltas entre nosotros, tu amplio nuevo cuerpo y tu voz cambiada revelan que ya estás dejando nuestro mundo. Te castigamos por ello: serás el primero que atrape, y probarás tus capacidades dándonos cacería. Todos nosotros, niños, reímos de nuestra insolencia, mientras aceptas con una sonrisa que te venden los ojos. La tela cubre completamente tu vista cuando las luces se apagan y todos corremos en mil direcciones. Entonces el juego comienza.

Caminas con tus manos extendidas, bordeando los muebles y telas; agazapado, sin dejar escapar ningún detalle, avanzas. En los rincones del cuarto, tres niños juegan a evadirte mientras yo, quieta, sigo con la mirada tu avance. Te veo detenerte, y conteniendo la respiración deseo que tu siguiente paso sea hacia mí. Uno, dos, tres pasos, tus manos ya casi me tocan. Los demás ven apenas dos sombras cercanas y sus corazones se aceleran tanto como el mío. A oscuras no hay ningún reparo, dejamos de ser primos, puedes apretar mi estómago y tantear mi cuerpo, incluso frotar mis pechos que aún no son tan grandes. Sonrío y huyo de la sensación nueva que descubro, creo por un instante haberme liberado cuando me tomas fuerte el brazo. Lucho, te empujo, no cedes, me jalas y abarcas todo mi cuerpo con tus brazos. Eres mayor que yo, pero aún no descubres cuánto disfruto este momento, tu respiración y la mía agitadas, vibrando tan cerca cuando se prenden las luces y descubres tus ojos con el brillo más hermoso que haya existido. Todos nos rodean y te alejas, recibes sus saludos por haberme atrapado, mientras yo, la tonta perdedora, seré la nueva cazadora. Todos te rodean, como a mí, y sin embargo nos miramos, un instante, lo suficiente para ver un cambio en tu expresión. Las luces se apagan y siento profundo tu olor en la venda que ahora llevo. No ando a ciegas, tu respiración me llevará a tu pecho, y seré entonces quien te abrazará. Hemos jugado juntos muchas veces, siempre esperas en la esquina más dificil para correr y confundirme, pero esta vez te sigo y antes que corras ya te he rodeado con mis brazos, caes, y yo encima tuyo. En medio de la turbación todos nos miran excitados mientras tu sólo me ves a mi, sientes mi aliento y el roce de mis labios contra los tuyos, y todo tu cuerpo cambia. Nuestros labios se apretan y se abren para que nuestras lenguas se junten mientras tu mano ya aprieta firme mi pecho. La luz no vuelve más, los demás desaparecen. Estamos solos, sin vendas ni ropa, pero nos seguimos cazando.


Me siento ligeramente estremecida al recordar tan claramente el olor impregnado en la venda, igual al de la cama donde nos tocamos por última vez. Te habré extraviado mucho tiempo, tal vez fueron meses, años sin vernos. Crecí y mi cuerpo cambió, mi mundo se hizo más amplio que la casa donde jugábamos y tu recuerdo se tornó borroso, opacado por el sudor y caricias de otros de quienes aprendí. Pero cuando nos encontramos no nos detuvimos hasta terminar desnudos, renaciendo. Te rechacé, tuve miedo, pero aún mi boca guarda tu sabor y mis poros tus caricias. Estamos a un instante de encontramos, la iglesia está frente a mí, como tú en mi sueño, y la venda que me cubría los ojos ha caído. Esta vez que te caze no te dejaré escapar.



Continuará...

jueves, junio 18

Una mujer nueva

jueves, junio 18
El café está frío. Sostengo la taza mientras te espero, sintiendo la noche cálida que no motiva al sueño. Doy el último sorbo cuando escucho que entras. ¿Amor?. Te acercas con una sonrisa. “No esperaba encontrarte despierta”, dices, descubriendo que compré el café en tu lugar favorito. Tomas el vaso del café frío y lo calientas. Conversamos como no lo hacíamos hace tanto tiempo, cuánto extrañaba tu sonrisa, esa manera tuya de desviar los ojos cuando piensas, tu mirada fija en mí. Te escucho pensando que no debí aceptar nunca ese trabajo, ahora son tan pocas las veces que te veo, nunca encontramos un espacio, siempre estamos agitados, llenos de cosas, alejados.

Me sorprendo cuando reparo en el reloj, una hora ha parecido tan poco. Te estiras y bostezas. “¿Vamos a dormir?”. Te alejas tan rápido que ya estás fuera de la habitación cuando me escuchas: espera. La luz de la cocina apenas te deja ver, en penumbras pareces un ser misterioso y oscuro. Me pongo de pie y camino hacia ti desatando el cinturón de la bata, entreves mi piel encrispada, aún firme y deseante, y encuentro en tu mirada ese brillo del sueño espantado por la lascivia. Me regocijo. Eres de nuevo el chico que pasa la noche ruborizándome y aprieta su lengua contra la mía por primera vez. Como entonces nuestros ojos no se separan cuando llego a centímetros de ti, tan cerca que el calor de tu cuerpo me abraza y tu respiración se cuela entre mis poros. Cuando tocas mi mejilla siento el retumbar de cada latido y todo mi cuerpo despierta. “¿Y esta sorpresa?”. Tu mano baja por mi cuello, apartas la bata y contemplas mi seno, vulva y pierna desnuda. Nos miramos, como queriendo adivinar nuestros pensamientos, mientras la penumbra nos cubre. Llevo tu mano a mi pecho y la aprieto. ¿Te gusta?, te digo, moviéndome lo suficiente para despojarme de la bata. ¿Te gusta?. Después de tantas noches, te estremece ver mi cuerpo entregado, tanto que tu boca se tuerce en sonrisa al descubrir mi sexo húmedo y mis pezones erectos. La impresión despega tus labios y no me contengo, me lanzo sobre ellos y hundo mi lengua. Presiono y aprieto, repto y giro, bajando por tu garganta y tu pecho hasta tocar tu corazón, buscando esos recuerdos que formaron nuestra vida juntos, los que esconde el mapa de mi cuerpo, y que desnudo ante ti, rendido ante ti, pide que los encuentres también.

Beso tus tetillas sintiendo tus manos sobre mis hombros, arrastrándose por mi espalda hasta asir mis nalgas, apretándolas con violencia mientras hundes tus labios en mi cuello y tu dedo índice roza la raja de mi culo. ¿Hace cuánto no escucho tu jadeo? La pregunta flota en mi cabeza cuando me elevas y me empujas contra el sofá, clavando tu lengua en mi vulva. El hormigueo crece en mi espalda, luchando por acariciarte. Intentando no irme a cada lamida tuya guío tu cadera hacia mí, arrastro tu pene y saboreó su sal, apretándolo entre mis labios jugando con la punta de mi lengua. Siento nuestros cuerpos cálidos, que van cediendo, descubriéndose nuevamente como dos desconocidos. Mi mente se aclara, abandono cada mañana vacía y gris, tantas noches a solas y haber optado por ese trabajo. Me giro hasta quedar sobre ti y me pongo de pie. Te veo desnudo, sudas y jadeas pero tu mirada arde. Hago de mis manos tus ojos y me acaricio cada centímetro. Bajo desde mi cuello, redondeo mis senos, una mano baja por mi cintura y vientre. Repaso mis nalgas y mis piernas antes de llegar a la vulva que repaso hasta conseguir tu mirada atenta. Sólo entonces levanto mi mano y la pongo entre ambos, un punto donde se encuentran nuestras miradas. Juego con los dedos de la mano extendida mientras la otra me acaricia. Quieres ponerte de pie y retrocedo. Entiendes. Bailo y me acaricio de nuevo, extiendo una vez más la mano y permanezco detenida un instante, mirando fija tus ojos. Encuentro en ellos más que lascivia, la sorpresa de tener frente a ti a una mujer desconocida, nueva, que recoge todos sus dedos e introduce el largo índice dentro suyo, tanto que retrocede el tiempo, hasta una cama vacía por la mañana; donde harta de extrañar a su esposo, la mujer decide darle una sorpresa. Compra el café que le gusta y va a buscarlo para comer juntos. Llega tarde, tanto que lo encuentra caminando con una mujer con bucles y sonrisa como ella, tan parecida que incluso se contonea frente a él, como ella lo hacía antes. Vuelve a casa y llora por horas, hasta que decide el cambio: ser una mujer desconocida para su marido. Una mujer nueva y ardiente, que conoce sin embargo cada resquicio de él, que podría seducirlo una noche, bailar y tocarse para él, arrodillarse y apretarlo entre sus piernas, mantenerlo absorto mientras se frota desde su pene hasta tu boca, dejando que respire su olor y descubra que ya lo conoce. Una desconocida que lo haga sentirse amado cuando la penetra, que abriga y acaricia cada centímetro suyo de su pene en sus entrañas. Que mueve sus caderas, más y más rápido hasta conseguir que explote, dejarlo cansado, rendido y fascinado. Perplejo hasta que su mente se nubla y deja de recordar, imaginando desde ese momento sólo su vida con ella.

domingo, junio 7

Una fría noche

domingo, junio 7

Son casi las 10 y todo está cubierto de una espantosa niebla fría. Metida en mi camita escribo cubierta de 10,000 colchas imaginando tener mi propio cuerpo para abrazar y calentarme. Sería lindo eso, tener a alguien esta noche... totalmente cubiertos con la colcha, frotando mis pies con los suyos, abrazándolo. Las luces y los sonidos apagados, sus latidos calmados, su piel tibia. El frío yéndose y yo cayendo dormida con mis dedos repasando su piel, jugando sin querer bajo su camisa hasta pasar mi pierna sobre él y sentirlo ligeramente erguido. El sueño desaparece y siento el calor concentrándose en mi cabeza, mi cuerpo tenso, mi respiración acelerándose tanto como mi deseo de provocarlo. Paso mi mano por debajo de la camiseta y acaricio su pecho. Va despertando. Lo sé por cómo juega con sus dedos en mi pelo y cuello. Lo descubro más y froto mi pierna contra su ingle y ese lindo muchachito aparece ahora firme sobre un cuerpo más que caliente.

Se quita la camisa y me mira un largo rato. Pasa su mano sobre mis ojos, los cierra y roza mis labios. Es rápido, sorpresivo cuando me besa... Baja, besa y lame mis senos, mientras sus dedos marcan mi cintura. Sigue bajando hasta introducir sus manos bajo mi pantalón. Aparta la truza y juega con los vellos, haciéndome cosquillas. Me río, pero él no se detiene, me hunde los dedos mirándome el rostro y yo apenas si puedo cerrar los ojos y ahogar el grito que lanzaba.
Respiro. Ahora soy yo quien lo besa, quien aprieta su cuerpo contra el suyo, quién lo impulsa a hundirse aún más y más fuerte y acariciar ahí, donde me gusta. Jalo sus hombros para abajo y él entiende, como si hubiéramos estado juntos el tiempo suficiente para saber cuanto disfruto su lengua ágil desbaratandome, haciéndome lucir rota, en pedazos, mientras él juega. Lo tomo por los hombros y lo recuesto. Quédate quieto. Junto con la frase una mirada, él sonríe y se relaja. Aprieto sus muñecas contra la cama y giro mis caderas en círculos. Sonríe nuevamente, me encanta que lo haga. Echo a un lado la manta y siento su aroma, tan fuerte que me embota. Su piel brilla.

Mi cabeza se va perdiendo cuando me aparta ligeramente y me detiene. Nos arrodillamos, él coge mi cintura mientras introduce nuevamente su cálido y erguido pene dentro de mí. Entra, sale, y todo mi cuerpo tiembla. Como si tuviera mil manos acaricia mi vulva, senos, caderas, besa el cuello, las orejas, la espalda... no se detiene... No te detengas... Aprieta mis caderas y me echa hacia delante, me aferro a la sábana y jadeo. Fuerte, como si no hubiera otra forma de expresar mi placer, sólo un gemir constante, que crece hasta desaparecer el calor y frío, el gusto, el espacio. Yo misma no existo sino conectada a su olor intenso, a su gusto delicioso y violento. Muerdo mi labio rogando que eso no termine nunca cuando mis ojos se cierran y mi cuerpo se contrae. No veo, no escucho, no siento, mi cuerpo está regado, vacío, tan profundamente que sólo se llena con un inmenso y largo gemido que me hace volver a mi cuerpo de donde quiera que me haya ido.

Cuando abro los ojos siento aún mis nalgas apretadas, mi cuerpo empapado y la saliva en mi boca... él aún está dentro de mí, abrazado a mí. Ríe, y yo río también.

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