miércoles, junio 22

Lo que se unió, volverá...

miércoles, junio 22
Me cansa tocarme pensando en ti. Mi mente juega a inventarte, pero mi cuerpo contiene un calor finito que no traspasa un límite. Nada me violenta, me arrebata o me rompe. Sigo siendo yo. No cambio. Cada noche me convenzo de estar satisfecha con este coqueteo estúpido conmigo misma. No le presto atención a esa sensación diluída entre un techo vacío y una recámara a oscuras. Mi respiración vuelve a hacerse normal y recuerdo. Cierro los ojos y pronuncio tu nombre lentamente. Una, dos, diez, cien... ¿cuántas veces debo imaginarte a mi alrededor? Estás ausente. No eres el cielo, el mar o siquiera el aire a mi alrededor, sino sólo un cuerpo que me acostumbré a tener cálido junto a mí. Así de finito y ridículo. Y aún así te recuerdo.

Algunos dicen que la lengua está conectada al corazón y por eso las putas no dan la boca. Estúpida yo, no lo sabía entonces. Te dejé filtrarte en mí y crear una ligera capa por debajo de mi piel, un atado de fibras repletas de tu aliento, y su cadencia junto a mi oreja; el sonido de nuestra piel frotándose y tus besos y tu sexo húmedo. El gris del corazón del que tanto hablabas tiene dos extremos, y no conozco el camino en el otro sentido. Si volviera a ese instante, a esa cama con nosotros abrazados, no lloraría. Siento tu calor y dejo de pensar que a la noche siguiente ya no estaremos juntos. Diluyo la historia que dejo escribirse en mi cabeza, dejando que le gane el caos de nuestros cuerpos juntos. La ropa, los miedos, las voces, todo cae. Tu cuerpo en mí, cae; mis párpados, mis piernas, mis brazos, la realidad, caen. En la imaginación una finitud de carne se extiende hasta abarcar el inmenso universo de grises que tu corazón esparce por todo tu cuerpo. Tus ojos me miran fijos, tu sonrisa lánguida, esos sonidos (casi gemido, casi grito) se quedan fijos. Deseo, tal vez sueño: cerrar los ojos y recobrarme viendo ese maravilloso blanco fundirse en mil otros colores que tomaban la forma de tu rostro sonriéndome. Pero ya no más. El silencio me devuelve a ti, y de tus formas salto a mí. A un corazón que se resiste a estar encadenado, apegado a una calidez que no está más. Una mirada, una caricia, una canción. Los detalles de cada instante flotan en la superficie de mis recuerdos. Ligeros, toman forma de burbujas que al final estallan. Explosión. Sorpresa. Caos. ¿Te recuerdo tanto por haber irrumpido de golpe en mi vida? Éramos dos extraños en un país ajeno para los dos. Conocerte fue poblar los colores. Al gris, la ligera corriente de nuestras manos juntas; verde, sabor, aliento antes que tu lengua me tocara; celeste, tus ojos disueltos en los míos que se cierran... y entraras en mí. Sola-desnuda-contigo, era feliz.

Me desconozco. El sonido de esas cuatro letras no me evoca más, la de esas fotos no soy yo. La de mi imaginación no soy yo. Si escribo, si sueño, si vuelo, estás. Imagino contigo. En el silencio dejo que ese entramado bajo mi piel aflore por cada poro y me abrace. Le permito cubrirme de una bruma traslúcida que me transporta a otro lugar donde los cuerpos están desvanecidos. Lejos de las formas, lo que queda apenas si podríamos llamarlo colores. ¿Magia? No lo sé. Me dejaré sorprender. Un chasquido deviene en parpadeo, y éste en cascada, de cascada avalancha, y entonces el mar. Si, magia. Ya no hay límite, ni borde sobre el cual rogar o soñar. No hay frío o calor, tampoco un punto medio (como el gris del que hablabas), sólo un plácido vacío. Estoy en la carencia del aire que esparce tu nombre, del agua que me da sed, del suelo en que pisaba.

No camino, floto. Rumbo a algún lado. El dolor lo acepto. Evado el deseo, abrazo la esperanza. Un día a la vez, me digo. ¡Esperanza, traspasa mi piel! Tu mano es mi mano. Ya no soy yo quien se toca. Soy vacío. Y en mí, tu recuerdo habita, crece y se hace más fuerte. Exploto.

Y la luz. El techo de un cuarto vacío. Y el silencio, una certeza.
Te voy a volver a encontrar.
Mi amor.

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