miércoles, julio 15

Un juego

miércoles, julio 15




















El dolor de la soga apretando mis muñecas desaparece al sentir su látigo; oprimiendo la piel de rodillas y muslos se filtra entre mis piernas y abriéndolas, las recorre. Repasa una y otra vez la raja de mi sexo antes de apartar la mata de vellos que lo cubre, exponiendo los labios que ha tocado tantas veces y que ahora descubre de manera distinta: el coño de una mujer apretada contra un árbol, desnuda en un bosque desconocido, abierta y dispuesta a él, que imaginando sus ojos atentos y fijos, fascinado, inclina sus caderas para mostrarle abierta la raja que hay entre sus labios, un sexo cálido, húmedo y ansioso.

Sus pies destrozan las hojas bajo ellos y su respiración cambia, pierde su calma y se agita. Aprieta nuevamente el látigo y marca círculos sobre mis caderas subiendo por el vientre, repasando senos y cuello, hasta alcanzar la boca y forzarme a despegarla para empapar su látigo en saliva. Una bocanada de viento frío me estremece antes que separe su látigo de mí. Mi pensamiento vuela imaginando su siguiente movimiento mientras mi cuerpo está tenso; la espalda se eriza y todos mis sentidos se ponen en guardia, atentos para estallar al mínimo estímulo. Soy su víctima, la dulce presa que disfruta la tensión de su cuerpo y el placer punzante que comienza a formarse bajo el vientre, debajo de la mata de vellos con la que hace un momento jugaba.

Se acerca. El viento disipa su aliento, pero su calor está claro y firme abrasando cada poro de mi cuerpo. Aún tan cerca, no me toca; usa su látigo para apartar mis piernas y acariciar mi pequeño volcán. Su respiración tensa es un golpe de aire caliente chocando contra mi pecho, perforando piel y vientre, volviéndose el jugo denso que baña mi vulva. Mi cabeza explota en imágenes de su carne tensa y dura introduciéndose hasta tocar mis entrañas y estrujarme contra el árbol; imágenes que chocan con la distancia de su cuerpo. Abro mis piernas mostrando los labios de mi sexo, provocándolo con ese rojo encendido que adora, tanto como la abertura en forma de rosa de mi coño. Su aliento se agita, como si le costara frenarse al ver brotando de esa raja que se niega a penetrar, el jugo cálido que tantas veces lo abrigó, y su urgencia termina estallando en un azote. Dos, tres, decenas, cientos. Los golpes se combinan con el ardor de mi ansia y juntos se vuelven un calor intenso que baja como un golpe hasta mi vagina ansiosa y gira mis caderas hacia delante, exigiendo sus caricias. Me ignora manteniendo firme el castigo, abriendo mi piel, haciendo brotar mi sangre y violencia. Frustrada, vomito el gemido ahogado a mitad de mi garganta en una palabra, una orden: ¡Penétrame!. Apenas he terminado de decirla ya tira de mi cabello, como si fuera a arrancarlo de mi cabeza. ¡Penétrame!, repito y reanuda los azotes, mientras mi mi pecho se tensa y mis piernas lo atrapan entre sí. Se agita, intenta escapar pero no lo consigue. Su rabia crece y lo vuelve torpe, pierde el látigo cuando ya ha conseguido abrir mi piel. No deja de golpear, amontonando la sangre con cada uno de sus golpes mientras yo repito: ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!, ¡Penétrame!... taladrando sus los oídos y volviendo su fuerza inútil contra mi voluntad. Me tapa la boca y jala mi cabello pero no dejo de repetir, de gritar, harta de sentir sólo sus muslos rozando los míos, sólo su aliento y su mano golpeándome. En medio de la lucha nuestras caderas se juntan y nuestros sexos se frotan, mientras ambos intentamos ser el que ordene al otro, quien imponga su voluntad y lo someta. Me abalanzo sobre él y clavo mis dientes en su pecho, su piel se abre y lanza un grito que me estremece toda. Tiemblo frustrada, cansada de su indiferencia, de su juego distante y frío, y las lágrimas llenan mis ojos. Comienzo a llorar en el instante que deja de golpearme y lucha por soltarse de mí; lo intenta con todas sus fuerzas, pero yo aprieto más y más fuerte, dispuesta a terminar finalmente con esa distancia que él insiste en mantener. Siento su tensión, su aroma más intenso esparcido sobre ambos cuando finalmente consigue apartarme y tirarme contra el árbol. Volteo el rostro sintiéndome vencida, cuando mis ojos explotan en un río al sentir su pene, duro y firme, entrando todo. De la cabeza a la punta de los pies mi cuerpo se estira todo, mis dientes entrechocan y la saliva rebalsa mi boca, me pierdo sólo un instante antes de recuperarme y abrazarlo fuerte, empujándolo con mis piernas aún más profundo en mí. Una nueva brisa del viento agita las ramas a nuestro alrededor, y el silbido de las hojas se confunde con mi grito, como si fuera sólo el aullido de una fiera en el bosque.


***


Por la ventanilla del auto miro el árbol de anoche, que luce distinto bañado por el sol. Me distraigo al escuchar su risa a mi espalda y giro, encontrándome con sus ojos brillantes clavados en mí. Me mira un momento y se acerca despacio, confesándome en un susurro: me encanta jugar contigo. Sonrío y un segundo después me besa. Cierro los ojos y siento su lengua introduciéndose entre mis labios.

FIN

La imagen es una fotografía de Igor Amelkovich
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