martes, octubre 6

Amor a la antiguita

martes, octubre 6
El y ella en la cama
yacen tendidos largos
pero las expresiones de ambos
no tienen mucho de agrado.

Él
Entiéndeme chiquita
si no se me para el niño
recurriré a otras artes
para darte mil y un mimos

Lo mira con cierta malicia
y busca en todo su bolso
una pastilla azul saca,
se la muestra con pleno gozo

Ella
Ese flaco deducho
no es tu niño delicioso
dale, toma esta pastilla
pa que te pongas “buen mozo”

El
Pues recuerda bien esas tardes
cuando tus padres dormían
lo que este dedo flacucho
en los comerciales te hacía

Ella
Eso estuvo muy bueno
y claro que me gustaba
pero entiendéme tu ahora
estoy un poco calentada

El
¿Por qué no recuerdas niña
cuando estábamos abrazados?
tú no querías nada
y yo permanecía a tu lado

Ella
¿Cuántos hombres la tomaron
y nada les ocurrió?
Anda tómate un poquito
y te haré sentir mejor.

El
¿Es que no ves acaso?
No es ésta cuestión de olvidos
sino más bien de recuerdos
de todo lo que vivimos

Ella
El día que no tenga ganas
yo te acompañaré
y si es preciso, necesario,
me pondré el unguento aquel

El
¿Qué dices oye? ¿Qué te pasa?
yo no te quiero con pomadas
sin voluntad o pasión
como cualquier vulgar esclava

Ella
Si algo no funciona se arregla
siempre esto ha sido así
y si la ciencia también ayuda
aprovechémosla al fin

El
¿O sea que según tu
si no nos funciona eso
(lo tuyo como lo mío)
un remedio lo cura presto?

Ella
Vamos muchachito recio
podemos pasarla muy bien
no te pongas histérico
que no te sienta el papel

El no la mira, voltea
y sale de la habitación.
Y ella, al mirar ese culo,
alejándose con decisión
suspira entera preocupada
y tira la pastilla a un lado
cuando una voz resonante
la levanta, pum, de un salto

El
¿Vienes a la ducha conmigo?
el agua está deliciosa
y tal vez la circulación
vuelve mi cosita hermosa

Cuando pudo por fin abrazarla
y le dijo que la quería
aunque cosita siguió blanda
la hizo sentir henchida.
Su cuerpo volvió inmenso
a punta solo de caricias
de decirle quedito al oído
cuánto toda la quería.
No hubieron pastillas azules
ni pomadas lubricadoras
sólo amor a la antiguita
como cantan las viejas odas.

martes, septiembre 15

Un poemita de César Moro

martes, septiembre 15
Hola bellezas, ¿cómo están?

Les debo no una sino mil disculpas por mi larga desconexión. Discúlpenme, pero un millón de cosas que hacer han surgido, nuevas experiencias han aparecido y todo anda medio confuso. Para remate ni siquiera tengo la fuerza del comienzo, mi cabeza está un poco cansada. Tengo algunas ideas, pero no llego a concretarlas. Imagino que todo cambiará con el transcurso de los días o semanas, hasta entonces les pido que aguarden. Me gustaría regalarles una nueva historia cada día, pero bueno, también llegan estas épocas en las que es imposible escribir, imaginar, crear. Y por más que me siento inútil y bajoneada tengo que saber esperar y tener fé. Cada día me acerco y me cuesta más entender el poder de la esperanza, de confiar que al final todo saldrá como se desea, como ardientemente se quiere que suceda, a pesar que las cosas muchas veces parezcan oscuras, al final hay un cachito de luz aguardando... una gotita de agua que ilumina el universo entero y es mágica.

Les comparto un hermoso poema de César Moro, quien siempre que lo leo me sorprende como no tienen idea. ¿Conocen la quinta carta a Antonio? Si no la conocen, en pocos días se las postearé, es hermosa. Hasta entonces, disfrutemos de esta joyita.
Los quiero mucho.
Besos



































Apareces
La vida es cierta
El olor de la lluvia es cierto
La lluvia te hace nacer
y golpear a mi puerta
Oh árbol
Y la ciudad el mar que navegaste
Y la noche se abren a tu paso
Y el corazón vuelve de lejos a asomarse
Hasta llegar a tu frente
Y verte como la magia resplandeciente
Montaña de oro o de nieve
Con el humo fabuloso de tu cabellera
Con las bestias nocturnas en los ojos
Y tu cuerpo de rescoldo
Con la noche que riegas a pedazos
Con los bloques de noche que caen de tus manos
Con el silencio que prende a tu llegada
Con el transtorno y el oleaje
Con el vaivén de las casas
Y el oscilar de luces y la sombra más dura
Y tus palabras de avenida fluvial
Tan pronto llegas y te fuiste
Y quieres poner a flote mi vida
Y sólo preparas mi muerte
Y la muerte de esperar
Y el morir de verte lejos
Y los silencios y el esperar el tiempo
Para vivir cuando llegas
Y me rodeas de sombra
Y me haces luminoso
Y me sumerges en el mar fosforescente donde acaece tu estar
Y donde sólo dialogamos tú y mi noción oscura y pavorosa de tu ser
Estrella desprendiéndose en el apocalipsis
Entre bramidos de tigres y lágrimas
De gozo y gemir eterno y eterno
Solazarse en el aire rarificado
En que quiero aprisionarte
Y rodar por la pendiente de tu cuerpo
Hasta tus pies centelleantes
Hasta tus pies de constelaciones gemelas
En la noche terrestre
Que te siga encadenada y muda
Enredadera de tu sangre
Sosteniendo la flor de tu cabeza de cristal moreno
Acuario encerrando planetas y caudas
Y la potencia que hace que el mundo siga en pie y guarde el equilibrio de los mares
Y tu cerebro de materia luminosa
Y mi adhesión sin fin y el amor que nace sin cesar
Y te envuelve
Y que tus pies transitan
Abriendo huellas indelebles
Donde puede leerse la historia del mundo
Y el porvenir del universo
Y ese ligarse luminoso de mi vida
A tu existencia

De César Moro en La Tortuga Ecuestre.
La imagen es de Gloria Lizano Lopez.

martes, agosto 25

Mi primo Parte II

martes, agosto 25
¿Nos recuerdas de chicos en la iglesia? Intercambiábamos miradas cómplices hasta sentirnos libres de la mirada del vigilante de turno (tu mamá o la mía), y entonces me sorprendías con una gracia. Guardabas la apariencia para arrancarme risas, haciéndome sencillo estar en ese lugar que tanto odiaba. Cuando el eco de las campanas se llevaba fuera a la gente y sus conversaciones, nosotros podíamos por fin jugar libres. Corríamos entre columnas y banquetas persiguiéndonos, guardando silencio, parando al sentir a alguien cerca. Íbamos de un lado a otro hasta atraparnos y volver nuevamente a perseguirnos. Éramos felices.

El traje y corbata remarcan tus hombros y lo ancho de tu cuello. Luces hermoso con tu sonrisa amplia recibiendo a los que llegan, a papá, a mamá, a mí. Te estrecho entre mis brazos y mis labios llegan hasta tu mejilla para confesarte en un suave beso el deseo que no puedo olvidar y me perturba: tú. Siento que tiemblas, pero disimulas con una sonrisa y un: “gracias por venir”, apartándome. Mirarte apenas a unos pasos sin encontrar tus ojos con los míos duele. Me alejo, sonrío y converso sin perderte un instante, pensando cómo confesarte mi arrepentimiento. Me imagino caminando hacia ti, con mi piel entera luchando por contener el deseo tan fuerte que guardo; estamos solos y no me alcanzan las palabras, me abrazo a ti obligándote a besarme... Volteo y encuentro tu mirada sobre mí. Retiras de golpe la vista y escucho los golpes en la puerta y tus gritos. Sonríes nuevamente a los invitados y a pesar que te miro no volteas más.

Un día te atrapé y no quise soltarte. Escuché que te irías de viaje, pero recién al abrazarte y sentir tu calor supe de golpe que no te vería en mucho tiempo. ¿Qué tienes? preguntaste y salí corriendo lo más lejos de ti. No quería que me vieras llorar. Pasé el día sin hablarte, me hice la enferma para evitar recordar que te irías. ¡Adiós!, me dijiste desde la puerta de mi cuarto y yo, una chiquilla tonta, te di la espalda. Escuché cada paso cuando te alejabas, los saludos y abrazos después. Aguardé tensa hasta que llegó el golpe de puerta y recién pude llorar. Apretada contra la almohada renegué de Dios, de tu papá, de ti, de mi, de todos. Ya no podría correr y colgarme de tu cuello, reir contigo, al menos verte; me arrebataban cada instante que convertía en fantasías, me arrebataban todo. Por primera vez me sentí sola.

La gente comienza a entrar a la Iglesia y no te encuentro. Pregunto a tus amigos y no saben tampoco donde estás. ¿Te escondes? Hemos dejado de lado columnas y banquetas pero aún jugamos a cazarnos. Atravieso pasadizos y cuartos de techos altos y blancos, paso a paso voy hacia ese sueño cuando surges de improviso en el cuarto más alejado. Entro y cierro la puerta e intento sonreír al tomar tus manos, tú en cambio me asustas, apretándome fuerte y alejándome de ti. Tus ojos lucen furiosos y lanzas mil preguntas en un instante, juntas letras y palabras en una nube rabiosa que me pierde hasta que vuelvo a ser esa niña insolente que no responde y te ignora. Tu rabia escupe un sueño roto, miles de pedazos sin forma y no te reconozco. Como esa niña, nunca te quise decir adiós, sólo esperaba que el brillo de mis ojos y mi silencio te respondieran, pero no lo conseguí. También ahora quisiera correr pero es mayor mi ansia de abrazarte, de apretarte fuerte a pesar que me agredes con tus susurros y tu mirada. Sigues golpeándome cuando en mi pecho resurge algo que pensé había perdido: la imagen de nosotros juntos. Puedo tocarla y transformarla en una plegaria que repito y repito hasta darle la misma fuerza que tus golpes y detenerte. Apartas tus manos de mí sin saber cuanto daría porque tus ojos, tu boca, todo tú me abraces y borres esta sensación de estar desnuda frente a tu rabia. Soy un amasijo de venas, músculos y sangre que sólo saben respirar tu nombre, y que ve con horror que retrocedes. Perdóname. Te tambaleas, no te alejas, pero tampoco acortas un centímetro la distancia que nos separa. Ahora tú me das la espalda y agachas la cabeza. Si pudiera toda yo absorbería tu pena, me haría inmensa y te protegería. Perdóname, repito. Aún puedo sentir en las noches tu olor impregnado en mí, lo inspiro y lo retengo porque es la única manera de mantenerte a mi lado. Ahora que estás frente a mí haces temblar mi mundo entero. Ni siquiera respiro cuando levantas la vista y te escucho. Lo siento. Tus manos no tiemblan, ni hay la menor duda en tu voz, incluso lo repites: lo siento. Te alejas y vuelves a lo que hacías como si nada hubiera pasado. Te miro y sólo escucho la indiferencia con que te despides de mí. Lloro cuando en ese instante repaso cada instante mágico que vivimos juntos. Todo avanza, pero yo estoy detenida, clavada en un instante que pasó y que sólo deseo revivir una y otra vez. Cierro mis ojos y junto todas mis fuerzas en dar un solo paso, uno sólo que me acerque a ti; entonces un fuego, como una fuerza abrupta y violenta que no se resigna a morir, me empuja, volviéndose el abrazo que te doy. Luchas e intentas zafarte pero me aprieto fuerte, tanto como para sentir tu corazón acelerado y violento. Esta vez no correré, forzaré tus labios a que me dejen entrar. Deja de luchar, tus manos y pies no son tan fuertes como los míos apresados a ti. Ahora sólo estamos los dos: mi beso, tus golpes y nuestra piel irritada. Mil y un perdones por cada golpe que diste por mí, es lo que dice el beso que rechazas cuando caemos. Aprieto mis labios contra los tuyos con el deseo de acostumbrarte de nuevo al calor que compartíamos, que recuerdes ese último aliento cuando corrías y me alcanzabas. Ya no estás solo, yo te acompaño, abrazo y beso tu dolor, me dejo caer contigo tan hondo como se pueda caer. Desaparece el azul del cielo tras la ventana, el blanco del techo, tus labios, tu cabello; suspiramos y luchamos mientras caemos juntos. Muerdes mis labios y tus manos arañan mi cintura, y no opongo resistencia. Los golpes no duelen tanto como tener que cerrar los ojos para verte o la frustración de no encontrarte al despertar. Mi cuerpo entero está a punto de romperse cuando tu saliva impregna mi boca y me baña el profundo suspiro que sale de ti. Todo cesa al posar suavemente tus manos sobre mi espalda y esa lágrima fría tuya se cuela entre nuestras mejillas. Respiro. Tomo una larga bocanada de aire antes de secar tu lágrima con un beso y encontrarme de nuevo con esa hermosa sonrisa tuya. Nuestros cuerpos bañados de calor y heridos me son nuevos, como la seguridad de que no importa lo que pase, nunca más te dejaré ir. Nunca.

Ni siquiera cuando esa puerta se abra, y debamos salir ante la multitud.


Continuará...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
 
Historias eróticas de Inés © 2008. Design by Pocket